Recordando la vinculación de Jorge Sepúlveda con Santander y cómo y dónde compuso su éxito «Santander»

JORGE SEPULVEDA 2

Me pedía hace unos días una seguidora de esta web que dedicara un artículo a la vinculación de Jorge Sepúlveda con Santander, pues le entusiasman sus canciones. Y también me preguntaba que si sabía por qué y cómo compuso la famosa y bellísima canción “Santander”. Le respondí que sí. Fue parte sustancial de la información que manejé cuando puse en marcha la iniciativa de erigirle un monumento en Santander (el que tiene en la Avenida de Reina Victoria, lugar maravilloso autorizado por el Ayuntamiento). Lo supe con detalle tras hablar con su familia y sus amigos más cercanos. Paso a complacerla y espero hacerlo, al tiempo, con todas las personas que tengáis la amabilidad de leer este texto. Aunque actuó también en otros, Jorge triunfó en Santander principalmente en dos lugares. Y muy distintos: el Hotel Real y “La Cabaña” (pinares de El Sardinero). O sea, que trabajó tanto para la jet-set de la época como para las personas de menor nivel económico. La letra de “Santander” la escribió por la mañana al día siguiente de una de sus exitosas actuaciones en el Real. Y en su habitación. Le inspiró mirar a la bahía desde ella (las habitaciones del Hotel Real tienen unas vistas que dejan sin palabras al observador). Cogió un lapicero y una cuartilla, los colocó en la mesa, se sentó y empezó a escribir eso tan famoso de «Santander, eres novia del mar, que se inclina a tus pies y sus besos te da”, etc. Tiempo después Enrique Peiró, magistral pianista, le añadió una música preciosa al romántico texto. La canción, que en su estreno en la capital cántabra provocara tantas lágrimas y suspiros, era el homenaje del cantante a la ciudad de la que se enamoró, que le encumbró al estrellato profesional y en la que –conviene subrayarlo- dejó numerosas muestras de su solidaridad con los más necesitados. Lo de “La Cabaña” es otra historia que también merece ser conocida, pues la ilustra un detalle muy curioso y entrañable. En el exterior de aquel restaurante-cafetería-espectáculo había un escenario cubierto y una pista de baile. Y allí actuaba Jorge con la orquesta. Las parejas que habían pagado bailaban viéndole (cada vez que se le anunciaba el lleno estaba garantizado). Pero, ¿qué pasaba con los enamorados que, como se dice por aquí, no tenían “posibles”? Es decir, que carecían del dinero suficiente para pagar la entrada al recinto. Pues ahí venía lo bueno: las inmediaciones de “La Cabaña”, según me contaron testigos y “bailarines”, se llenaban de parejas que también bailaban al arrullo de sus canciones… aunque no le pudieran ver. O sea, que el espectáculo se desarrollaba dentro y fuera. Este aspecto, tan poco conocido, da la perfecta medida de lo que es un artista querido de verdad por la gente (se le adoraba en la ciudad; era un ídolo popular) y de lo que significó él para Santander y Santander para él. Del mismo modo que cada vez que veo su monumento de la Avenida de Reina Victoria (tan especial para mi) siento profunda emoción, también experimento una sensación difícil de describir cuando visito el elegantísimo Hotel Real (algo que, por razones periodísticas, hago con frecuencia) o paseo por las inmediaciones de “La Cabaña” (foto inferior), edificio que sigue donde estaba, dedicado también a la hostelería aunque ya ni con el mismo nombre ni la misma estructura interior y exterior. Sé que junto a él, en ese mismo lugar, en esa misma yerba, bajo esos mismos altísimos pinos que lo adornan, latieron miles de de corazones de personas muy humildes al escuchar a mi admirado Jorge Sepúlveda cantar “Santander”, «A escondidas», “Mirando al mar”, “El mar y tú”, “Cuando vuelva a tu lado” y tantos éxitos de ayer, hoy y siempre. Inolvidable artista, inolvidables años. 

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Hice recientemente esta foto. He aquí los populares “pinares” a los que me refiero en el texto del artículo y, en el centro, pintado de blanco, el edificio de lo que fue “La Cabaña”. Por toda esta zona bailaban en verano, escuchando a Jorge, las parejas que no tenían dinero para pagar la entrada al recinto vallado.