Aquel Santander que fue

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Esta es una de las tarjetas postales de aquel Santander que fue, amigos. Ya véis qué bonita. Muestra el centro de la ciudad: plaza de Alfonso XIII, edificio de Correos, etc. Y a un policía municipal vestido de manera muy elegante. Y el autobús también municipal. Y el popular “600″. ¡Qué entrañables recuerdos urbanos! Evocadora y nostálgica escena del ayer.

Las olas de hoy en Santander

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Olas como la de la imagen se estrellaban hoy por la mañana contra el muro recién recalzado de El Sardinero, al que tanto afecto el temporal de Febrero y cuyas huellas aún son visibles en superficie. Azotaban sobre todo, como se puede comprobar en la foto que hice, la rampa de bajada a la segunda playa. Y eso que hoy, por fortuna, no era día de temporal. Pues menos mal.

Aquel Santander que fue

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Viajemos por el túnel del tiempo, amigos. Esta vieja fotografía, que es una joya nostálgica, nos sitúa en el corazón de El Sardinero. La bajada a la que se refiere (aunque, lógicamente, muy cambiada) aún se mantiene en el mismo lugar. ¡Qué elegantes vestían entonces algunas y algunos! Evocadora escena de aquel Santander que fue.

“The hole”, en Santander

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El espectáculo de cabaret con toques circenses “The hole” sigue ofreciendo funciones en Santander. Esta singular y novedosa propuesta artística para el público adulto, que llega de la mano de mi amigo Manuel González, joven e importante empresario español, está ubicada en una gran carpa en el aparcamiento del campo del Racing. Ya ha sido presenciada por numeroso público. Fotografié uno de sus camiones-fachada. He aquí la imagen, amigos.

Una Semana Santa espléndida de sol, turistas, consumo y ambiente

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Por fin, tras varios años de Semana Santa presididos por la lluvia, hemos disfrutado en Cantabria de una fechas con estupendo clima. Fechas, obviamente, claves para el sector de la hostelería, tan relevante en la economía regional. Nuestra comunidad autónoma está llena de turistas, con muchos hoteles casi al completo y muchos establecimientos hosteleros sin el casi. O sea, de llenazo. Gran Semana Santa, pues, en todos los aspectos. Bienvenida sea. Falta hacía. Los forasteros han podido disfrutar a fondo de lugares tan inmejorables como el que fotografié a primerísima hora de la mañana: los populares Jardines de “Piquío”, en Santander.

Exposición de 164 muñecas antiguas, en el Gran Casino Sardinero

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Hasta el 11 de Mayo se puede visitar en el Gran Casino Sardinero, de Santander, la exposición de muñecas antiguas (la mayoría en urnas, muy bien presentada) de la cántabra Mª José Mínguez, que además de coleccionarlas elabora sus trajes y las arregla cuando están deterioradas. Es una verdadera especialista en la materia. Hice varias fotos de las muñecas (la que se ve arriba y las que se ven debajo) en el acto de inauguración, al que asistió numeroso público. Conversé en él con la protagonista del evento, persona estupenda a la que conozco desde hace muchos años. Enhorabuena, Mª José: ¡gran exposición! Mirad, amigas y amigos de la web, qué muñecas tan bonitas y qué bien restauradas…

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Recuerdo literario del incendio de Santander (Febrero de 1941)

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María Ramírez González ha escrito el libro titulado “Santander en llamas” (foto). La dedicatoria de esta obra define claramente su esencia: “Para mi tía, que ha querido volcar en mí la memoria viva de aquel suceso para que lo vivido por ella en la tragedia no se pierda nunca. Este pequeño relato es mi homenaje a la dolescente que se enfrentó a la desgracia y a la mujer que lo recuerda con serenidad”. El texto, de extraordinario valor documental por proceder el testimonio de una testigo de los hechos, está ilustrado con fotos del Centro de Documentación de la Imagen de Santander (imagenes de las consecuencias en el paisaje urbano de aquel tremendo suceso de 1941) y con varias fotos mías del Santander actual que la autora ha tenido la amabilidad de incluír en el trabajo. Excelente relato, lleno de alma. ¡Enhorabuena, María!

El viaje del “TITANIC”

He aquí, amigos, mi texto dividido en cinco capítulos, uno por día de viaje…

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Capítulo 1 – Miércoles 10 de Abril de 1912. A media mañana zarpaba del puerto de Southampton el “Royal Mail Steamship Titanic”, el barco más grande y lujoso del mundo. Su ruta era Cherburgo, Queenstown y –destino final- Nueva York. Las más de dos mil doscientas personas que, entre pasajeros de primera, segunda, tercera clase y tripulación viajaban en él (diez, españoles), quedaban en las expertas manos del capitán Edward John Smith. Coronado con cuatro impresionantes chimeneas de 18, 9 metros de altura el “RMS Titanic” lograba lo imposible: adornar el mar. Nunca el hombre había construído, para su expansión y confort, una máquina tan estética, segura y poderosa. Milla a milla la travesía inicial transcurría conforme a lo previsto: sin novedad. Con absoluta placidez. Nada hacía presagiar, pues, el drama que les tenía reservado el destino a la mayor parte de aquellos seres humanos de variada condición social. Ni siquiera los primeros avisos que, vía telégrafo, se recibirían a bordo indicando la presencia de icebergs en el trayecto…

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Capítulo 2 – El “RMS Titanic”, que ya atracó sin novedad en el puerto de Cherburgo, va a partir del de Queenstown. Son las 13. 30 h. Numerosos viajeros agitan en cubierta los pañuelos para despedirse de quienes les saludan desde el muelle y barcos cercanos. Es el último adiós. Rompe el silencio su potente sirena y el titán de los mares orienta la proa hacia NY. En el puente de mando conversan Edward Jhon Smith y William Murdoch. “¿Alguna novedad?”. “Ninguna. Todo en orden, capitán”, responde el primer oficial. “Manténgame informado de cualquier incidencia”. “Así lo haré, señor”. “¡Avante a toda máquina!”, ordena EJS. Elevando también la voz, y dirigiéndose a sus compañeros, WM repite las palabras del superior: “¡Avante a toda máquina!”. Comienza la cuenta atrás del drama. El “Titanic” desliza por el agua su elegancia, subrayada por una larga estela blanca. Algunos pasajeros -los más adinerados- se zambullen en la piscina. Otros toman té en el bello salón principal, ilustrado con la agradable música de Wallace Hartley y sus muchachos. Los hay, incluso, que se entregan apasionadamente a la lectura en la biblioteca combinando buena literatura con una buena pipa. Mientras, el pasaje más humilde se conforma con jugar a las cartas, observar agua y más agua o imaginar cómo será, realmente, Nueva York, referencia todavía muy lejana. Las horas transcurren entre lujo, modestia, esperanza, rutina, recuerdos y melancolía; conforme a lo previsto. No se reflejan demasiados asuntos dignos de mención en el cuaderno de bitácora de la ciudad flotante. La gran aventura desprende aroma de tranquilidad…

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Capítulo 3 – De entrada y salida, el radiotelégrafo del “Titanic” repiqueteaba sin pausa mensajes. Jhon Phillips, primer oficial de radio, trataba de recuperar el tiempo perdido por la inoportuna avería que había sufrido en las últimas horas el aparato. “¡Cuántos quedan por enviar!”, exclama su ayudante. “Sí. Nuestra máquina no descansará ni un segundo. Ojalá que no se vuelva a estropear. ¡Toca madera!”, escuchó como respuesta Harold Sydney. De repente un mensaje llamó especialmente la atención de JP. Procedía del buque “California” e indicaba la existencia de icebergs en la zona. “¿Icebergs en esta época del año en el Atlántico Norte?. ¡Qué raro! Sigue tú, Harold. Voy a comunicárselo al capitán”. A los pocos segundos el radiotelegrafista le daba la noticia al señor Smith, que a su vez hablaba de inmediato con el segundo oficial: “Lightoller: nos advierten de la presencia de icebergs en la ruta. Avise a los vigías. De momento, mantendremos la velocidad”. Pocos minutos después, instalados en la cofa, Frederic Fleet y Reginal Lee colocaban sus manos derechas, en horizontal, contra las frentes para agudizar la vista, fija en el inmenso horizonte. “¡Pues yo no veo ningún iceberg!”, dice FF. Y su colega comenta: “¡Lo bien que nos hubieran venido ahora unos prismáticos, Frederic!” A pesar de la comunicación recibida, el mar (en calma), el cielo (despejado) y el clima (bonancible) no generan indicios objetivos para la inquietud; el timonel del elegantísimo “Titanic”, Robert Hitchins, mantiene firme el rumbo camino de Nueva York. La calma sigue presidiendo el viaje. Nada es capaz de alterarla. Lógico: si realmente hay icebergs, ¿qué pueden significar, por grandes que sean, para un coloso de acero?…

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Capítulo 4 – A medida que el “RMS Titanic” avanzaba por el sur de los bancos de Terranova, descendía la temperatura. La noche, estrellada, presentaba una seductora belleza. El capitán había alterado algo el rumbo de la nave para evitar los icebergs que se interponían en la ruta y todo discurría sin mayores contratiempos. Hasta el punto que J. Bruce Ismay, presidente de la “White Star”, le había comentado que no redujera la velocidad. William Murdoch y el sexto oficial, James Paul Moody, ocupan el puente de mando. Y, de repente, surge lo imprevisto: suena la campana accionada desde la cofa por el vigía Frederic Fleet y su grito: “¡Iceberg a la vista!”. A quinientos metros, aproximadamente, emerge del mar una enorme silueta. El reloj marca las 23. 40 h. WM gira a babor el timón para evitar el choque frontal contra aquel gigantesco muro y da marcha atrás. Posteriormente vira a estribor. Su rápida acción evita el golpe con la proa, pero no que el buque roce, lateralmente, contra el bloque de hielo. El ruido resulta estremecedor. Y la herida en el casco, mortal. El señor Smith sale disparado del camarote. “¡Detengan el barco!”, ordena de inmediato. Tras comprobar junto a Thomas Andrews, su diseñador, lo que le ha sucedido a la estructura, sabe que la predicción no puede ser peor: entra agua sin pausa en sus compartimentos y el “Titanic” se hundirá en un plazo máximo de cuatro horas. Jack Phillips envía a través del radiotelégrafo mensajes de auxilio. Uno es captado por el “Carpathia”, distante 58 millas. Demasiado lejos: tardará mucho tiempo en poder llegar. Ante la gravedad de la situación Edward Smith ordena ahora arriar los botes salvavidas.Tal opción de emergencia será fatal para muchas personas: no hay suficientes plazas en ellos para todos los pasajeros. El cáos a bordo es absoluto; una maquiavélica suma de incredulidad, pánico, lágrimas, atropelladas carreras por los pasillos, angustia y gritos desgarrados. El titán de los mares comienza a escorarse…

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Capítulo 5 (último) – 01. 30 h. La proa del “Titanic” ha desaparecido en el agua. Lo que aún se puede ver del buque es una macabra realidad de la que brotan la miseria y grandeza propias del ser humano. ¿Motivo? Para la evacuación no hay ni suficientes botes ni suficientes plazas. Drama. Algunas personas luchan, literalmente, contra otras por alcanzar un sitio en las embarcaciones de auxilio. Contraste: brotan numerosos ejemplos de extraordinaria generosidad. “¡Suba usted con su hijo, yo me quedaré! ¡Dése prisa! ¡Suba, suba!”, grita, en medio del cáos, un caballero a la mujer que, cerca de él, porta a su niño en brazos envuelto en una manta. “¡Suba, suba, suba! ¡Ocupe mi lugar!”, insiste, elevando al máximo la voz para hacerse oír. Ella accede al bote con la criatura y el héroe queda en cubierta. Le dice algo en inglés, que él no entiende. Es la primera vez que se ven. Y la última. Lágrimas incontenibles se deslizan por sus rostros. En cubierta se produce una locura colectiva que Wallace H. Hartley, violinista-director, y sus colegas tratan de atenuar con música. La orquesta del “Titanic” interpreta melodías mientras el barco se parte en dos, levanta su popa hasta la vertical y lo engulle definitivamente el agua ante centenares de asombrados ojos. WHH, Fred Clake, PC Taylor, G Krins, Theodore Brailey, Jock Hume, JW Woodward y Roger Bricoux se convierten así en el símbolo de la tragedia: todos fallecen. A las 02. 20 h. el titán de acero es triste historia. Cuando el capitán Arthur Rostron y la tripulación del “Carpathia” llegan a la zona encuentran un desolador panorama de cadáveres flotando entre bloques de hielo e izan a bordo, aún atrapados en el pánico, a los 706 supervivientes del naufragio. Posteriormente AR pondrá proa al puerto de Nueva York -en el que su nao atracará a última hora de la tarde del 18 de Abril de 1912-, destino imposible del inolvidable “Titanic”. El mayor y más lujoso barco del mundo yace en el fondo del mar.

Importante premio en Nueva York

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El excelente actor Luis Carlos de la Lombana (foto), de raíz familiar cántabra, ha sido premiado con el prestigioso galardón “ACE 2014″ a la “Mejor Coactuación Masculina”. Lo ha recibido en el “Kaufman Center” de Nueva York (Lincoln Center). Como el propio Luis Carlos comenta, “es el mismo premio que gané en 2009 con La Vida es sueño, y que en esta ocasión he obtenido con Cita a ciegas, de Mario Diament, que ha obtenido 8 de las 9 nominaciones”. ¡Enhorabuena por este nuevo éxito profesional en la ciudad de los rascacielos, admirado Luis Carlos! Recibe un abrazo desde Santander.

Os presento a “Sardi”, amigos…

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Aqui tenéis a “Sardi”, simpática sardina creada por el artista Valerio Veneras que ejercerá de mascota en el Campeonato del Mundo de Vela, que se disputará en Santander (Septiembre) y en el que está volcado el Ayuntamiento de la ciudad, pues implicará muchos beneficios en muy diversos ámbitos para la capital cántabra. Pronto tendrá preparado el personaje su correspondiente “disfraz” de calle para que se pueda pasear por la ciudad y promocione así el evento entre pequeños y mayores (foto va y foto viene: muchas le van a hacer, seguro). Enhorabuena al autor de la idea: el Mundial tiene una atractiva mascota. Me gusta.